Es la conversación más repetida en la primera visita a un edificio del paseo: "los cristales se limpiaron hace tres semanas y ya se ven mal". Y es cierto. No es que la empresa anterior los hiciera mal necesariamente; es que a doscientos metros del mar la frecuencia que sirve tierra adentro no vale.
Qué está pasando en el vidrio
El aire de la costa lleva aerosol marino: gotas microscópicas de agua de mar que el viento levanta y transporta. Al llegar al cristal, el agua se evapora y la sal se queda. Es una capa finísima, invisible en los primeros días, que además es higroscópica: atrae humedad del ambiente. Con la humedad, la sal se vuelve pegajosa y captura polvo, arena y polen, que en condiciones normales el viento se llevaría.
De ahí el aspecto turbio. No es suciedad depositada encima, es suciedad pegada a una capa de sal. Por eso pasar un paño seco no hace nada y por eso la primera limpieza después de meses cuesta el doble de tiempo que las siguientes.
Si se deja pasar temporada tras temporada, la cosa se complica. La sal, con humedad y sol, ataca el vidrio y deja un punteado mate que ya no sale limpiando: es corrosión superficial y se queda ahí.
Cada cuánto hay que hacerlos
La regla que usamos aquí:
- A menos de 500 metros del mar: cristales exteriores cada uno o dos meses. Interiores, mensuales.
- Entre 500 metros y dos kilómetros: exteriores cada dos o tres meses.
- Interior de la comarca: exteriores trimestrales, como en cualquier sitio.
En hostelería y comercio con escaparate a la calle, además, el escaparate se repasa a diario o cada dos días en temporada, porque ahí lo que manda es la huella de la mano, no el salitre.
Es más barato hacerlo cada dos meses que cada seis. Suena raro, pero el tiempo de una limpieza de mantenimiento es una fracción del de una limpieza sobre sal asentada, y el precio va por horas.
Cómo se hacen sin dejar marca
Con agua de red, la propia cal del agua deja marca al secar y el resultado se ve peor de lo que está. Por eso en exteriores usamos pértiga con agua pura, desmineralizada: el vidrio se cepilla, se enjuaga y se deja secar solo, sin escurrir y sin paño. Al no haber sales en el agua, no queda residuo.
La pértiga tiene otra ventaja en edificios de la costa: llega hasta la tercera o cuarta planta desde el suelo, sin plataforma, sin góndola y sin trabajos verticales. Eso simplifica la coordinación en un bloque de apartamentos o en un hotel, donde montar una plataforma en temporada es imposible.
Para los interiores y los cristales a ras de suelo, mojador y goma de toda la vida, que sigue siendo lo más rápido y lo que mejor acabado da.
No solo el cristal
El salitre no distingue materiales. En un edificio de playa conviene mirar también:
- Barandillas y carpintería de aluminio: se pican si se dejan un par de veranos sin limpiar.
- Acero inoxidable de portales, pasamanos y puertas: coge punteado de óxido superficial, que sale con producto específico si se coge a tiempo.
- Herrajes, cerraduras y bisagras: se agarrotan.
- Mobiliario de terraza y toldos: la sal y el polvo forman una costra gris que después es difícil de sacar.
- Rejillas de climatización exteriores: sal, polvo y humedad, la mezcla que más reduce la vida del equipo.
Cómo va en el presupuesto
Los cristales se presupuestan aparte del mantenimiento, por visita y no por metro cuadrado, porque lo que manda es el tiempo de acceso. En una oficina o un local, una visita de cristales interiores y exteriores se mueve entre 40 y 120 € más IVA según metros y altura. En una comunidad se suele meter dentro del contrato el portal y la escalera, y dejar los exteriores como servicio programado con su periodicidad.
En la guía de frecuencias por tipo de local están todas las periodicidades, y en la de precios de limpieza de oficinas cómo encajan los extras dentro de un presupuesto mensual sin que aparezcan luego como sorpresa.
Si tu edificio está en primera línea y los cristales llevan un año sin una pasada seria, pídenos que lo veamos antes de que la sal deje marca permanente.